La isla rota

Tras dos semanas de la mayor movilización de su historia, en Chiloé hay rabia contra el Estado chileno. A las acusaciones contra la industria salmonera por la crisis medioambiental se suma un sentimiento de postergación histórico, la sensación de ser “el basurero de Chile” y el miedo a que el anunciado puente de Chacao sea el golpe final en la depredación de la isla.

El barco, tirado en el medio de la calle, y la pila de neumáticos que arde a su lado son tan inusuales como este sol de mayo en Dalcahue. La ciudad lleva 13 días bloqueada por barricadas, y este sábado 14 de mayo será el último que resistirán los pescadores de la localidad, ya sin bencina y con escasez de alimentos, antes de aceptar la oferta del gobierno y quebrar, junto con Puqueldón, Curaco de Vélez, Queilén y Quinchao, la mayor movilización de la historia de Chiloé. Al lado del barco, en la entrada de la ciudad, un lienzo dice lo mismo que muchas paredes de la isla. Años atrás, era común ver rayada con aerosol en los muros de sus registros civiles la pregunta “¿Chilote o chileno?”, que días después alguien contestaba. Hoy la pregunta no hace falta y la respuesta, aunque es la misma, es distinta. “PRIMERO CHILOTE, DESPUÉS $HILENO”.

En el aire de la ciudad, desde las radios de las casas, se escucha el lamento de una mujer que grita, entre sollozos, que los dirigentes se vendieron a los políticos. Hace minutos, los tres líderes locales del movimiento renunciaron a sus cargos, y en la plaza de la ciudad el historiador chilote Armando Bahamondes, de 66 años y presidente de la red de cultura de la isla, trata de explicar lo que sienten los lugareños. También parece al borde de las lágrimas. Dice que esta crisis medioambiental fue el golpe de gracia, el último desprecio a Chiloé, pero que siempre ha sido así. Que hace una década están pidiendo una universidad y un hospital con especialistas, y en vez de eso Chile va a construir un puente de $ 360 mil millones para seguir depredando lo poco que queda. Que él ya no sabe si puede seguir sintiéndose chileno, tras décadas de postergación.

—No me pueden obligar a mí a que ame a Chile, el país tendría que haberme demostrado que es bueno para mí. Pero los mayores desastres han sido causados por ese país a nuestra tierra. Este es el punto final. Las salmoneras se van a ir. ¡Aunque tengamos que levantarnos en armas!

Esa impotencia la expresan muchos isleños en las calles, en las pescaderías y en las barricadas. Las denuncias de los pescadores, que apuntan a la industria salmonera como responsable de los varamientos y la enorme marea roja que infecta la isla, por la acumulación de nutrientes en sus más de 70 centros de cultivo y por el vertimiento al mar de cinco mil toneladas de salmón descompuesto, han generado una rabia y un deseo de reivindicación que superan la discusión por el monto del bono para terminar el conflicto. La mira está en la industria salmonera, acusada de explotación indiscriminada del ecosistema, pero también en el Estado chileno por permitirlo, y por lo que sienten una postergación histórica de sus necesidades. En las calles es común oír a los isleños hablar del desprecio de Chile. Algunos, como Bahamondes, creen que viene desde hace siglos, luego de que los chilotas combatieran junto con los españoles para derrotar al ejército independentista. Después de eso, dicen, Chile los transformó en su basurero.

A las siete de la tarde, en la plaza de Castro, los vecinos se turnan el micrófono, entre unas 200 personas de rostros derrotados. Los pescadores acaban de aceptar el bono de $ 750 mil que ofreció el gobierno, y se los acusa de haberse vendido. Entre los asistentes, el investigador Eduardo Mondaca, de 31 años, director del Centro de Estudios Sociales de Chiloé, mira angustiado. Dice que la indignación ya existía en la isla, pero que con el vertimiento algo profundo estalló. El año pasado realizaron una encuesta de prioridades a la población de las diez comunas, y el 64% contestó que lo que más urgía era construir un hospital de alta complejidad, seguido por una universidad estatal, dos proyectos que vienen reclamando hace años. El 86% contestó que los miles de millones del puente debían ser invertidos en cosas más importantes.

—Este fue el insulto que rebasó el vaso de la tolerancia insular —dice Mondaca—. En Chiloé se están muriendo kilómetros de machas, bivalvos, picorocos, lobos marinos, gaviotas, patos. Muertos. Y está naciendo un movimiento que cree inaceptable que se siga usando un modelo destructivo de recursos naturales para Chiloé.

Es medianoche, y los pescadores han ido dejando las barricadas, que sostienen algunos grupos de vecinos. La ciudad se ha cubierto de niebla, y el doctor Gonzalo Pérez, médico internista del Hospital de Castro, el único de mediana complejidad de la isla, trata de explicar por qué él también apoya las movilizaciones. Dice que hace no mucho se le murió un muchacho de Dalcahue, de 30 años, que tenía una infección renal, porque no logró encontrarle cama en Puerto Montt, ni en ningún lado. Al menos un par de veces al año se le mueren pacientes que no alcanzan a llegar a Puerto Montt, un traslado que demora cuatro horas, crítico para pacientes con infartos, enfermedades renales o TEC graves, que no pueden tratar con los equipos que tienen. Para la gente de las islas, el traslado en lancha puede tardar días. En invierno, semanas.

El doctor enumera lo que no tienen: un 40% más de camas, unidad de diálisis para la UCI, unidad coronaria, unidad oncológica, instalación de marcapasos. La lista es larga. Luego, con tono resignado, dice:

—Lo de los salmones fue una cosa más que tiraron en este patio trasero que es Chiloé. Lo que exigimos es no ser de segunda categoría. Este es un lugar olvidado en todo aspecto, también en salud, y por eso molesta. No es que uno esté en contra de que hagan un puente, pero es como ponerle portón eléctrico y cámaras a una mediagua.

***

La tarde está tensa en Ancud en el día 14 de bloqueo. En la radio comienzan a cuestionar la paralización, luego de que se bajaran las comunas del centro de la isla, y la gente empieza a decir, por lo bajo, que se sienten secuestrados. En la calle Aníbal Pinto, la vía de entrada a la ciudad, cuatro barricadas con neumáticos quemados, autos carbonizados y barcazas viejas cortan el paso. Algunos comerciantes intentan pasar verduras en sus camionetas, escondidas bajo los bolsos de los que recogieron en el camino. No hay locomoción ni bencina. En la ciudad flamean las banderas negras y las paredes están rayadas. Varias repiten la misma frase, que el mar se está muriendo. Aunque la mayoría de la ciudad apoya las demandas, la sensación ya es de decepción y hartazgo.

Una de las barricadas está coronada por un sillón vacío y una bandera de Chile, instalada sobre la carrocería de un auto desmantelado. Un cartel bajo ella dice “SRA. PRESIDENTA TOME ASIENTO”. Ninguna autoridad ha pisado la isla desde que empezó todo, y eso a los chilotes les duele. Las mujeres de los pescadores hacen un caldo con lo poco que queda para los que se acercan. Jorge Aguilé, de 57 años, un soldador que lleva dos semanas en el lugar, habla a los gritos. Come el caldo de papas y arroz que le sirven las mujeres. Mira rabioso. Parece a punto de desmoronarse.

—A Chile no le importa, cómo le va a importar. Imagínese: ¡Nos contaminan el living de nuestra casa! Tenemos pena. Usted habrá venido muchas veces a disfrutar de la belleza de Chiloé. ¿Va a venir ahora? Dígame. ¡Esto va a ser un pueblo fantasma! Años pidiendo un hospital y nada. Yo ya no me siento chileno. Cómo me voy a sentir. ¡Tendríamos que haber sido colonia española!

En la primera de las barricadas un grupo de buzos está a punto de irse a las manos por un asunto clave: dejar pasar o no un camión de bencina a una ciudad inmovilizada hace días. La tensión entre los pescadores también ha ido en aumento. El movimiento lleva días pidiéndole al gobierno tres bonos de 300 mil pesos, y la extensión de estos en caso de seguir la marea roja, pero las autoridades ofrecen un bono por $ 750 mil. Los dirigentes de Ancud se contabilizan a sí mismos en cerca de ocho mil pescadores, buzos y recolectores de orilla, formales e informales, pero la cantidad exacta no es clara. Otros dicen seis mil. La discusión entre quiénes son o no verdaderos pescadores ha ido tirando un manto de desconfianza dentro del mismo movimiento. La gran mayoría, de todas formas, aún no recibe nada.

Julio Cárdenas, el actual vocero del movimiento en Ancud, mira los neumáticos ardiendo con cara de cansancio. Dice que ya quiere que se acabe todo, que ellos están allí para pelear por un bono que ayude a muchos a no morir de hambre, pero se han unido demasiadas causas, y eso los complica. El último petitorio tiene 18 puntos, e incluye a corto plazo la condonación de deudas bancarias, becas de enseñanza superior, apertura de la veda de la luga y programas de empleo. Él cree que con el bono, los empleos y que se investigue el vertimiento estaría bien. Cree, como casi todos, que las toneladas de salmón fueron tiradas más cerca de las 75 millas marinas autorizadas, pero que es difícil que consigan pruebas. Que al Estado chileno no le importa. Durante los últimos seis años de su vida trabajó subcontratado en una de las salmoneras involucradas en el vertimiento, transportando buzos y limpiando redes, y pudo ver cómo toda la vida marina moría alrededor de las jaulas. Hoy tiene sentimientos encontrados. A veces piensa que tienen que echar a todas las salmoneras. Por otro lado, reconoce que volvería a trabajar en ellas.

—Es una fuente de recursos para mucha gente que se quedaría sin trabajo —dice—. Tendrían que tener más controles. Yo era buzo artesanal, y como muchos otros, me cambié a las salmoneras porque necesitaba un ingreso mensual. No descarto volver. Uno tiene familia.

Aunque desde que estalló el conflicto varias organizaciones presionan por acabar con la salmonicultura en la isla, los pescadores tienen opiniones divididas. Aunque las culpan por la crisis medioambiental, la mayor parte de la isla vive, directa o indirectamente, de ellas. Según SalmonChile, unas 40 mil personas, aunque muchos consideran la cifra exagerada. Desde que en 1977 las salmoneras comenzaron a ocupar la isla, la población, agrícola y pesquera, se urbanizó de golpe, migró del campo a la ciudad y subió fuertemente sus niveles de consumo. El año pasado, la industria cosechó más de 189 mil toneladas en la isla, antes de que en enero el fuerte bloom de algas comenzara a matar a millones de salmones. El fuerte aumento en el uso de antibióticos —la noruega Marine Harvest, que en su país tiene prohibidos 8 de los 12 que se ocupan en Chile, los duplicó el año pasado— había llevado a los supermercados en Estados Unidos a lanzar una advertencia a la industria.

Ahora, entre cientos de mujeres que avanzan por el puente Pudeto, en la oscuridad de un domingo frío, va la estatua de San Pedro. Lo han llevado a curar el mar. Sobre un camión, el obispo Juan María Aburto celebra una misa extraña, que mezcla oraciones con pedidos de justicia. Algunos dirigentes pesqueros gritan que en Castro no tienen dignidad, que al gobierno no le importa la isla, que el mar está muerto por las salmoneras. Los carteles dicen: “Chiloé llora por culpa de las salmoneras”. Las canciones dicen: “Ya no hay pescado, porque el gobierno y las salmoneras lo han matado”. La rabia es, sobre todo, contra Chile.

***

El ingeniero comercial Juan Carlos Viveros, de 42 años, dirige en la isla el movimiento Defendamos Chiloé, un colectivo de profesionales opositores al puente de Chacao, y es el principal impulsor de formar una mesa multisectorial que encauce el estallido de los chilotas. Su idea es llevarlo hacia las grandes carencias que hoy reclama la isla: un hospital de alta complejidad, centros de formación técnica, una universidad estatal, la regulación de la explotación salmonera y forestal. Actualmente, la Universidad de Los Lagos dicta los fines de semana cuatro carreras técnicas en Quellón y Ancud. Sentado en un café boutique de la ciudad, el dirigente dice que ve a los pescadores muy cortoplacistas, que no tienen cómo saber la fuerza de lo que han generado en el país y en la propia isla. Marchas de 8 mil personas en Castro, de 6 mil en Ancud. Lo nunca visto en un pueblo poco acostumbrado a alzar la voz.

—Esto es un terremoto socioambiental y económico. El vertimiento de salmones fue la gota que rebasó el vaso de un modelo extractivista, que tiene al puente como una extensión de la pala mecánica que va a devastar los recursos de la Patagonia. Por eso hay una masa de gente de todos los sectores socioeconómicos de Chiloé que apoya a los pescadores, pero tienen en la mente demandas históricas postergadas en salud, educación y conectividad.

El ingeniero cree que las salmoneras, si no igualan sus prácticas a las de Noruega, tienen que abandonar la isla, para que esta se reconvierta con un modelo orientado al turismo. Dice que podrían ser las Galápagos del Sur. Hoy están coordinados con la abogada mapuche Orietta Llauca, asesora de comunidades indígenas, que interpuso una querella criminal contra AquaChile S.A., Aguas Claras S.A., Granja Marina Tornagaleones y Trusal S.A., Mar Ventisqueros S.A. y Australis Mar S.A., las cinco salmoneras que reconocieron arrojar cinco mil toneladas de salmones al mar, otra contra los funcionarios públicos responsables de su autorización, y una denuncia ante la ONU por genocidio cultural contra el pueblo lafkenche. La abogada dice tener evidencia de que otras 19.500 toneladas de salmón tienen paradero desconocido, y piensa que podrían haber sido arrojadas al océano. La alcaldesa de Ancud, Soledad Moreno, interpuso una querella criminal contra las salmoneras, la Armada y Sernapesca en el Tribunal Ambiental de Valdivia, que fue acogida.

El Centro de Estudios y Conservación del Patrimonio Natural de Chiloé, la mayor ONG ambientalista de la isla, por ahora ha decidido mantenerse al margen de la mesa. Su director, el biólogo experto en bifauna Jorge Valenzuela, de 41 años, dice que mientras todos intentan instalar sus temas, ellos deben cumplir un servicio científico. Sentado en su oficina en la casona de Ancud que ocupan, dice que desconfía de la objetividad de la comisión científica anunciada por el gobierno, y del Colegio de Biólogos Marinos, que descartó de plano la relación entre el vertimiento, la marea roja y las varazones en las costas de Chiloé. En la organización no hay biólogos marinos, pero intentan monitorear el tema. Recién acaban de regresar de recorrer las playas de Mar Brava, una localidad cercana a Ancud, donde vararon kilómetros de machas en el último mes. Le pareció revelador, dice, la cantidad de picorocos y piures, especies que se adhieren a las rocas con materia inerte y que los pescadores no pueden despegar sin ocupar cinceles. Basta ver eso, dice, para empezar a preguntarse si no se necesitan más estudios para afirmar que es sólo marea roja.

El problema, comenta resignado, es que no hay nadie investigándolo responsablemente. Le preocupa que los mismos sindicatos de pescadores artesanales estén pidiendo la apertura de vetas protegidas para pasar la crisis. Dice que ellos también han depredado el mar, y mientras lo dice muestra la pata de un pingüino, una especie mermada en la zona, amarrada por una cuerda a una roca, como carnada de cangrejos. La encontró en su visita a Mar Brava.

—Antes ibas al mercado y encontrabas róbalos, jureles, corvinas, congrio dorado, rojo, negro. Ahora sólo pejerreyes y salmón. Todos están en el sistema de sacar, sacar y sacar. Y no hay gente que vaya a protegerlo. El mar está muerto, es una triste realidad, pero es la verdad.

La otra preocupación de la ONG es un tema que se lee en los carteles de las marchas, y se comenta con resquemor en las calles: la existencia de 310 concesiones mineras asignadas en la isla, dos tercios de ellas de exploración y el otro de explotación, para la extracción de turba, ripio, minerales en las playas, carbón en la isla Guafo, y construcción de parques eólicos. De ellas, hoy están activas dos de turba y cuatro proyectos de parques eólicos. Pero en Ancud y en Castro muchos dicen, cuando se les pregunta en las barricadas y en las esquinas, que tienen ese miedo: que lo que le pasó al mar pronto le pase también a la tierra.

***

Es la madrugada del martes, y en un gimnasio de Ancud están reunidos los pescadores, buzos y comerciantes pesqueros de la ciudad. El lugar está repleto. Es el día 15 del bloqueo, y el gobierno sigue sin transar a las demandas. Además de los centenares aquí, siguen movilizadas Quemchi, Calbuco y Quellón, pero las tres se bajarán al día siguiente. Los rostros son de enojo y tristeza. La mayoría de los dirigentes cree que la situación no da para más. Ya pocos en la ciudad apoyan las barricadas, y hoy se anunció el despido de cientos de operarios de choritos.

Una decena de dirigentes se van pasando el micrófono. Uno dice que no pueden ceder, porque tienen que demostrar que también son chilenos. Otros que hay que reducir las demandas, y conseguir el bono, porque hay gente sufriendo. Unos jóvenes que han viajado de Concepción piden el micrófono para decirles que Chile los apoya, que no teman la represión, que ellos nunca aceptarían esas miserias. Los pescadores los escuchan. José Yáñez, de 56 años, buzo mariscador en Ancud toda su vida, también los escucha. —Ahora vamos a quedar en la calle, sin mar no somos nada. Nada. Estamos muertos —dice.

Al final, los dirigentes van a decidir endurecer los bloqueos. En un restaurante del centro, donde ahora pasa las tardes, la recolectora de orilla Vela Molina, de 58 años, ha preferido no ir a la reunión. La noche anterior ha estado allí mismo viendo los autos que han hecho fila en la bencinera hasta las 7 de la mañana. En la televisión han dado una película ambientada en Egipto, donde un río se convierte en sangre y mata a todos los peces. Cuenta que en Mar Brava, su localidad, todos vivían del mar, y que las últimas semanas estaban contentos porque después de cinco años se había permitido que sacaran machas. Pero las machas llegaron por sí solas a la orilla, muertas. Junto a ellas murió también su proyecto con otras 32 mariscadoras de orilla para faenar cochayuyo, y venderlo a Puerto Montt, o quizás a Santiago.

Dice que no entiende por qué pasó esto. Le cuesta hablar. A ratos llora y se tapa la cara. Dice que la gente allí, en Mar Brava, vio salir a los barcos que iban a tirar los salmones, y que fue más cerca, que por eso el mar se murió. Su pareja es buzo mariscador, y están tratando de sobrevivir con el erizo, aunque no es fácil. Tiene dos nietos en el Sename, que les dejan cuidar los fines de semana, pero ahora se pregunta cómo harán para alimentarlos.

Si el mar está muerto, no saben qué harán con sus vidas.

Por Nicolás Alonso, desde Chiloé

Publicado originalmente en la revista Qué Pasa el 20 de mayo de 2016

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